Txema el gruista

Txema, como así le conocían sus parroquianos de la taberna donde cada tarde acudía a solucionar el mundo entre botellines fríos y pinchos rápidos, era un chaval joven, un “pelopincho” como le decía Joaquín, el tabernero, cuando aparecía por el local con su cresta engominada y sus gafas de sol luciendo tatuaje; era un joven moderno, que cuidaba su imagen. Su amiga Claudia le chinchaba diciéndole que en el fondo era un coqueto, por más que él se negara aduciendo a que «algo tenía que hacer para no ir hecho un guarro».

Desde que llegó a la capital empezó a recorrer con más asiduidad el pasillo de farmacia y cosméticos del súper. Tenía que hacer frente a su problema con el olor corporal. No es que le haya importado mucho lo que la gente pensara de él, pero se ponía en lugar de los demás y a él tampoco le gustaría percibir ese olor nauseabundo mezcla de naranjas y plátanos en descomposición.

Tras la frustración de ver que los cinco años de carrera como ambientólogo se estrellaban contra la realidad de un mercado laboral en el que su titulación no tenía sitio, probó suerte en la gran ciudad. Allí encontró, en su primer trabajo como camarero en la Taberna de Joaquín, los que ahora eran su cuadrilla, como le gustaba a él llamarlos.

Y fue en una noche, a última hora, cuando echaba el cierre y se quedaba con sus clientes VIP, sus amigos, cuando Esteban, el más risueño y embaucador del grupo, hizo un comentario tonto que le iluminó una puerta: «Esa agilidad que tienes para sacar peluches para Claudia de la máquina pulpo la podrías emplear mejor de gruista en el vertedero. De hecho mi amigo Jonás ha dejado el puesto, y creo que en el Parque Tecnológico andaban buscando a gente»

Txema no creía en el destino, pero este comentario tonto le cambió la vida, al menos su día a día. Ahora trabajaba de turno de mañana en la playa de descarga del vertedero, seleccionando con el pulpo los residuos que venían de los camiones de basura, y escudriñaba cuidadosamente los objetos perdidos que acababan en la zona de triaje por si alguno le llamase la atención.

«No sabéis la cantidad de objetos curiosos que aparecen por planta. Estoy empezando a hacer una pequeña colección. Éste que os cuento irá para mi especial museo de los horrores» le contaba a menudo a su cuadrilla.


Este personaje pertenece al segundo ejercicio del curso “El gozo de escribir” de la Escuela de Escritores. Espero dotarle de un museo con historia en breve.

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Una respuesta a Txema el gruista

  1. Escribo en éste, por justicia, es el primero que he leído. Así que dejo abejas, tiendas de campaña o paseos por el centro para otro momento.
    Creo que ya lo he comentado alguna vez, pero dedicar tiempo y esfuerzo a fortalecer un hobby, más bien una necesidad, es una paso enriquecedor. Se nota en estas líneas, que la madurez va creciendo, sobre un estilo como el tuyo que cada vez es más claro y determinante. El uso de tu vida, y experiencia es básico para escribir estas historias y sobre todo a estos personajes, o mejor dicho a este personaje, que todos son diferentes patas del mismo, en mi opinión.
    Sea como sea, adelante, con síntesis o extensiones, aquí te seguiremos leyendo.

    Un brazo!

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